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Quisto Ladio blog
El blog de Pico para compartir con el mundo
21 de Abril, 2010 · General

Un Quisto Ladio en Frayle Muerto


XI

El curandero que asombró a Bell Ville

Las calles de la ciudad se encontraban abarrotadas de gente en movimiento, en medio de un bullicio generalizado. Pocas eran las personas que habían decidido quedarse en sus casas y familias enteras se paseaban de punta a punta de la localidad, en medio de una algarabía que no tenía demasiados antecedentes en la frondosa vida de Fraile Muerto, San Jerónimo o Bell Ville.

  Los carteles y banderas, de todo tipo y material, competían en ingenio en la elaboración de las frases y consignas. Allí no se advertían distinciones sociales, físicas o culturales. Tanto los niños, como las personas de avanzada edad, todos coincidían en la carcajada, el grito y el alborozo.

  Vehículos de toda clase, servían para el traslado incesante de la mayor cantidad de personas que pudiera caber en ellos. Bicicletas, motos, carros tracción a sangre, automóviles último modelo o agotadas reliquias automotrices, acarreaban el júbilo y el desenfreno.

  Lejos de sustraerme de semejante autoconvocatoria popular a la alegría, decidí sumarme y tomar las calles por asalto.

  Encaramado sobre las peligrosas alturas de un camión tanque, alentaba al exultante conductor para que hiciera sonar la estrepitosa bocina de su automotor de manera permanente.

  Fue en una de esas circunvoluciones a los cuatro bulevares que logré distinguir, entre el gentío, a la estoica figura de don Agustín, inconmovible ante la contagiosa festividad ciudadana. Con sus dos manos en los bolsillos de su secular casimir, de riguroso sombrero de fieltro, la silueta de mi exclusiva observación, se sorprendió sobremanera al advertirme en semejante manifestación de felicidad y jolgorio.

  -Lo intuyo de buen talante, joven…

  -No es para menos –respondí sin aportarle detalles sobre el motivo cabal de mi festejo.

  -Si, pero demostrar contenteza encaramado sobre esos mastodontes…

  -Y, bueno…ahora es así…-argumenté livianamente como para dar vuelta la página y evitar un reto de alguien venido desde los confines de la historia.

  -¡Jesús, María y José! –exclamó don Agustín mirando hacia el cielo, en señal de convocar indulgencia celestial.

  -¿Por qué no me nutre con sus apasionantes relatos, don Agustín? –arrojé como piadoso manto a tanta aflicción por uno o dos cantitos obscenos entonados desde arriba de un Mercedes 1114, con serios problemas de pintura en su presentación.

  -¿Conoce algún curandero, por estos días? –me espetó repentinamente el viejo sabio, dejando ver para donde iría a rumbear su disertación de la presente oportunidad.

  -No…-respondí- Cuénteme de alguno de otros tiempos…

  -Bien, le voy a hablar del curandero italiano José Pavessi, quien nunca vivió aquí pero su nombre fue reconocido por mucho tiempo en estos sitios.

…………………………………..

Don Agustín refirió entonces la semblanza del italiano José Pavessi, quien, en 1877, se supiera aquerenciar en la estancia santafesina de Las Parejas, lugar que luego fue ciudad del mismo nombre. Su propietario, Eusebio González, hombre de fortuna considerable, agasajó a Pavessi con una parcela de su estancia en agradecimiento por haber “curado” a un hermano suyo. Poco tiempo demoró el europeo en labrarse un amplio prestigio, fruto de sus aciertos en los diagnósticos y en las terapias por él decididas para los numerosos casos que le llegaban desde lugares cercanos y alejados de su morada argentina.

  El hombre era un típico inmigrante napolitano, de riguroso aro en una de sus orejas, apenas sabía leer y escribir, pero su convicción era muy fuerte. Invocando las fuerzas divinas, con hierbas comunes, con sebo de velas ofrendadas o con agua bendita fría; el “doctor” lograba el éxito en la mayoría de los “tratamientos”.

  Él argumentaba sus terapéuticas, sosteniendo que las enfermedades eran producidas por males, maleficios o daños, a través del agua, el mate o cualquier alimento ingerido.

  Pronto, las inmediaciones de la morada de Pavessi, asemejaban el aspecto de un poblado, por la cantidad de carpas, toldos, enramadas o improvisados quinchos que se erigían en su entorno, para aguardar pacientemente que le llegara el turno a cada esperanzado convaleciente. Desde lejos se podía apreciar la caravana de carretones, carros, sulkis, elegantes breaks y volantas que pugnaban por llegar al sitio donde residía el “doctor” Pavessi, el curandero milagroso de Las Parejas.

  Quien también aprovechaba el prestigio y prosperidad del italiano, era el propio dueño de la estancia, quien veía incrementadas sus arcas por la venta de mercaderías de todo tipo a la creciente demanda de los peregrinos arribados desde Santiago del Estero, Córdoba, Entre Ríos y norte de Buenos Aires.

  En una oportunidad, supo aparecerse por Las Parejas un estanciero de Bell Ville, quien también había oído de las milagrosas curas y certeros diagnósticos del inmigrante peninsular. Una vez que hubo recorrido el predio, asombrado por la cantidad de pacientes-fieles del afamado “medico”, el estanciero bellvillense se presentó ante Pavessi quien le recomendó que fuera a divertirse por las cercanías hasta el momento en que le llegara el turno de la “entrevista médica”. Así lo hizo el paciente y se entregó a varias jornadas de apuestas a carreras, juegos de naipes, taba y monumentales asados con cuero.

  Por fin le llegó el turno a nuestro coterráneo. Él había sido intervenido de cataratas en Buenos Aires, pero por un accidente posterior, había quedado con muy escasa visión.

  El curandero lo miró detenidamente y luego de una breve reflexión le manifestó en un dificultoso castellano “Tu tenés poca cosa…dentro de mes yo voy a ir curarte propia casa así te visito y conozco tu tierra”. Tal afirmación conmovió al estanciero.

  Luego de las despedidas de rigor y con promesa de pago para la prometida visita a domicilio, el convaleciente volvió a su casa con la información recibida. Todos, en el pueblo, aguardaban impacientes para ser pacientes del poco menos que “célebre mago curandero” según su fama precedente.

  Una mañana llegó una carta en media lengua que avisaba el arribo del galeno para la hora del mediodía. Así fue, el comité de recepción se mostró altamente nutrido de enfermos y curiosos, ante suya vista se apersonó Pavessi, acompañado de su amigo y benefactor González y su hija Eusebia simpática y agraciada joven criolla.

  Una prolongada caravana, acompañó a los visitantes hacia el domicilio de don Melquisedec Bravo, donde deberían alojarse. Allí también lo aguardaban numerosos enfermos.

  A duras penas, los recién llegados pudieron ingresar a la finca, ubicada donde hoy se levanta orgulloso el Hotel Italia de Bell Ville.

  Una de las primeras pacientes fue Andrea Españón, hija de un conocido estanciero de las Tres Cruces (hoy Morrison) quien había sido diagnosticada de epilepsia y sus ataques eran cada vez más continuados. A simple vista el curandero le dijo “te han hecho daño en unas frutas, pero yo tengo más poder que ese malvado y te curaré con ayuda de Dios y la Virgen”.

  Pidió una mesa, puso sobre ella algunas imágenes y dos velas encendidas. Colocó sobre el piso un tapiz sobre el cual depositó una cruz. Pidió a la joven que se aproximara y comenzó a rezar invocando ayuda divina. Seguidamente roció las imágenes y el tapiz con el agua bendita y le mostró a la muchacha un crucifijo de oro que el sanador llevaba encima suyo.

  En un ambiente de abstracción y, concentrados todos, de pronto se escuchó el fuerte grito de Andrea, quien cayó de espaldas como fulminada por un rayo. Todos pensaron que estaba muerta, pero sin inmutarse, el manosanta se dirigió a la madre de la enferma asegurándole “Está curada”.

  Al cabo de breve rato, la afectada volvió en si con expresión de tranquilidad. Efectivamente, había curado para siempre. Tenía 16 años cuando se casó, nunca más sufrió los terribles colapsos de la epilepsia.

  Numerosos fueron los casos que trató José Pavessi en Bell Ville, la gente, en número cada vez mayor se agolpaba frente a la casona de la calle Buenos Aires (hoy Pio Angulo) implorando un turno con el milagrero.

  En un determinado momento de las curaciones, se sintió un gran ruido de caballería frente a la puerta de don Melquisedec Bravo. Se trataba de una partida policial al mando del comisario Froilán Taborda, quien decía cumplir órdenes del jefe político Marcos Juárez, el que ordenaba “que toda esta gente desaloje enseguida y en el término de una hora, salga del pueblo y del  departamento, el curandero y sus acompañantes. Yo mismo los acompañaré hasta la próxima estación, Leones”.

  La orden se cumplió de inmediato, Marcos Juárez no era un hombre blando, su comisario Taborda se mostraba inflexible en la observación de su mandato y las circunstancias políticas en el país eran de suma tirantez. Al año siguiente, se renovaría la Presidencia; era candidato el general Julio Roca, cuñado de Juárez Celman, ministro, quien a su vez era hermano del jefe Marcos Juárez. Los Juárez no podían avalar las concentraciones masivas -aunque estas fueran de enfermos- podría tratarse de opositores que alteraran sus planes políticos.

  En el camino, al llegar al Monte Leña, el custodio Taborda le solicitó a Pavessi si podía asistir a un hermano suyo que vivía en una estancia de las adyacencias y que hacía más de cinco años que se encontraba inválido. Pavessi, accedió sin resquemores y llegaron ante la puerta de Fructuoso Taborda, quien llegó a ser comandante de las milicias de Bell Ville.

   “¡Aquí te traigo un médico que te va a curar!” le dijo Froilán a su hermano en silla de ruedas. “¿Tu sos el enfermo?” –Le preguntó Pavessi- “¡¡Tu no tenés nada!!!” –aseguró.

  Luego de recibir una sonrisa por respuesta, el curandero continuó increpando al discapacitado “¡Levántate y ven a recibirme…vení!” –le insistía desde la puerta de acceso.

  Taborda ensayó un paso, luego otro. Ante el propio asombro y el de su hermano, el enfermo caminó lentamente hacia la puerta, hasta estrechar la mano de su salvador. Había sanado de su afección.

  Al llegar a Leones, el agradecido policía Taborda, despidió al desterrado curandero italiano, cumpliendo con su deber ante la superioridad. Posteriormente, el propio Marcos Juárez , se encargó de continuar su persecución contra Pavessi en la provincia de Santa Fe por temor a las aglomeraciones.

  -Igual que a usted, le molesta que la gente exteriorice su alegría –le enrostré bromista sobre el pucho.

  -No es así – respondió don Agustín- solo digo que los motivos deben ser atendibles, no cualquier amontonamiento.

  -Veo que se está poniendo viejo…-insistí con la burla intencionada.

  -Pero, aquí me tiene, aún…

  -Cierto…espero volver a verlo, entonces…

  -Así habrá de ser, joven. 

 

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publicado por pico a las 12:47 · 2 Comentarios  ·  Recomendar
 
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Comentarios (2) ·  Enviar comentario
Hola David! muy bueno tu blog, decime este articulo lo sacaste del libro "Cordoba y Bell Ville en la historia de la patria"? bueno Fructuoso es mi bis abuelo, y esta lindo el cuento pero no fue asi... o fue a medias asi, un abrazo!
María de los Ángeles
publicado por maria de los angeles araquistain, el 11.10.2017 14:44
Ah! la estancia "las tres cruces" no era de Españon era de los Domenino, el abuelo de Marisa Alicia y Tito, por eso me suena que algo no esta bien,
Saludos
publicado por María de los Ángeles, el 11.10.2017 14:47
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