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14 de Octubre, 2010 · General

Balazos por la democracia

XV

Nunca más volví a verlo a don Agustín. Tal como ocurre con las amistades inconvenientes, el frecuentar su cercanía me fue lentamente vedado. Particularmente me había acostumbrado a esa presencia tan edificante e ilustrativa, aunque tenía claramente aceptado que el hombre venía de otros tiempos y que, si lo abordaba fuera de un contexto exclusivamente literario, convertiría a mi situación en un “caso de chaleco”. Suele suceder.

  Hoy la tardecita se ha puesto repentinamente fría, mientras deambulo indeciso por las generosas veredas del bulevar Colón, como quien guía sus pasos rumbo a la estación ferrocarrilera, que ya no ve sus andenes nutridos de bulliciosas despedidas rumbo a la legendaria Córdoba capital de los encuentros o hacia la majestuosa Buenos Aires con sus urgencias, sus banalidades, sus furias y sus encantos que maravillan.

  Tampoco allí se espera más al esperado. Al que viene anunciando su llegada o a la que se aguarda inocente, esperanzado, a sabiendas aun que nunca ha de bajar esos tres peldaños helados de metal, rumbo a los brazos.

  Los trenes, son esos que ahora cruzan burlones, indiferentes o soberbios, pidiendo vía libre, como si su objetivo fuera más absoluto que los pasos que lo separan de el.

  Alguna vez esta estación fue de mayor preeminencia que los trenes que a ella arribaban. Muchas veces, de mayor relevancia también que los propios personajes que aguardaba. Pero, eran otros tiempos.

  Don Agustín supo contarme algo de ello. Supo hacer desfilar ante mis retinas, las maneras y los modos de otros días. Instantes de otras pasiones, de otras sangres y compromisos. Diferentes, pero, al fin y al cabo, efusividades tan humanas como los propios desencuentros.

 Relató, mi amigo, venido desde la bruma del pasado, que en 1912, la provincia de Córdoba debía elegir sus autoridades en medio de una tensión social muy pocas veces vista. En el campo de la política, debían medirse mano a mano, radicales y demócratas, por lo cual, el territorio, estaba exactamente dividido en dos partes irreconciliablemente iguales.

  Los viejos y perfumados demócratas mostraban, ufanos, la candidatura de uno de sus más altos referentes argentinos. El terrateniente Ramón J. Cárcano, estanciero del departamento, influyente por los cuatro costados. Junto a el iría Félix Garzón Maceda.

  En tanto, los radicales, esgrimían a los correligionarios Julián Amenábar Peralta y Jesús Vaca Narvaja.

  Al tocar noviembre el almanaque, el calor ambiente competía en altura con las animosidades cívicas de los bellvillenses. Precisamente allí, se les ocurrió a los conservadores provinciales organizarle un mitin proselitista a su candidato Cárcano. Para ello se dispuso la pompa, el bombo y el platillo -cosa figurada, claro está.

  Al arribar la jornada, los partidarios “lomos negro” se encolumnaron marchando para la estación. A las 12 en punto, el coche de la formación ferroviaria, hizo pie en la cabecera departamental. De sus fauces humeantes, descendió altivo el aspirante Cárcano, secundado por nutrida comitiva de innegables rostros, desbordados por el optimismo preelectoral.

   Entonces, varios centenares de allegados, favorecedores y simpatizantes, dieron rienda suelta a su efusividad militante. Una nutrida y bulliciosa banda ejecutó bienvenidas en varias versiones pentagramales, un escuadrón de jinetes a la criolla, se ocupó de señalar el camino para el inicio del desfile del nucleamiento y, perros y niños, adhirieron con sus habituales muestras de beneplácito.

  En la plaza principal, allá en el centro de la localidad, aguardaban nerviosos, un palco oficial y una tribuna, engalanados convenientemente para la oportunidad.

  Hasta allí, todo estaba transitando por carriles medianamente normales.

  Al arribar al puente Sarmiento, la comitiva hubo de detenerse ante la presencia numerosa de fuerzas de la policía local, al mando de su jefe Francisco Tau. Estos, habían realizado un nutrido cordón humano, atravesando en todo su ancho, la entonces avenida, Córdoba.

  Ocurría que, por la mencionada arteria, tenía su sede el partido Radical de la flamante Bell Ville y sus adeptos se habían ocupado en autoconvocarse ante el advenimiento de sus archi rivales en las inminentes elecciones provinciales.

  Dada la ebullición manifiesta de los tiempos políticos existentes, Tau y sus subalternos no consideraban oportuno que toda una columna de conservadores desfilara por las propias narices de los radicales llevando como estandarte la figura emblemática de don Ramón Cárcano, nada menos.

  Tau, más temprano que tarde, puso en conocimiento de los organizadores de la concentración su firme determinación de evitar, a toda costa, cualquier conato de conflicto, por lo que, salomónico y oportuno, indicó a los demócratas que debían continuar por calle San Martín y retomar por, la entonces Buenos Aires, hasta llegar a la plaza 25 de Mayo, por rumbo oeste-este.

  Así fue. Las huestes del luego gobernador, exteriorizaron toda su algarabía y pudieron llegar al sitio del acto sin mayores sobresaltos. Cárcano encendió los corazones partidarios a caballo de un discurso típicamente de barricada, a pocos pasos de ser considerado pieza paradigmática de la oratoria nacional.

  Finalizado el encuentro, dirigentes y parcialidad, volvieron sobre sus propias huellas regresando hacia la histórica estación del ferrocarril adonde, adormecido, aguardaba el convoy que conduciría a Cárcano hacia otras tribunas aclamantes.

  Tau y su jefe Roldán, ya sonreían satisfechos por lo oportuno de su estrategia y por lo acertado de su proceder, simultáneamente, pequeños grupos de demócratas retornaban envalentonados hacia el centro de la población, luego de la impactante demostración de fuerza desarrollada momentos antes.

 Por el lado de los radicales, no eran pocos los que todavía se mantenían estoicos y malhumorados, dentro del local partidario.

  No resulta difícil intuir que, en semejantes circunstancias, cabía perfectamente el dicho de que “solo las montañas no se encuentran”, por lo que, los conservadores, procedieron de inmediato a transitar por frente al comité del radicalismo, entonando las mayores vivas a su agrupación.

  Del interior del salón, los alemistas fueron como eyectados hacia la acera vecina, atronando con vivas a sus candidatos en compulsa con sus rivales cívicos.

  De los “vivas”, las dos fuerzas en pugna,  pasaron a los “muera” y ya todo se salió de madre.

  “Las armas no tardaron en relucir y un recio tiroteo de ambas partes, se sintió durante treinta segundos ininterrumpidos” –me supo narrar don Agustín. 

  Dos presidentes de los comités se habían enfrentado a bala limpia. En ambos casos, dos jóvenes promesas de la política cordobesa. Uno cayó, malamente herido contorsionándose por la vereda. Solícitos, dos asistentes, lo retiraron de la lid, dando por concluido el fugaz lance.

  De democrático no había tenido nada, pero, de fragor apasionado, si hubo mucho en esa tarde. El dirigente baleado sanó pronto, fruto de los cuidados que le supo dedicar su bella y gentil prometida, con la cual casó poco después que pudiera restablecerse.

  Cárcano, finalmente triunfó en los comicios. También cabe decir que, a lo largo y a lo ancho del departamento Unión, la victoria fue radical, en ese año.

  Y yo, ahora que lo pienso, reconozco en mi más profunda intimidad, que mis furtivos encontronazos con don Agustín no fueron cabal producto de algunas fiebres, ungüentos, vapores, alucinaciones o desquicio. Pero no lo admitiré, no lo diré nunca. Será mi secreto pacto con la Historia. 

 

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publicado por pico a las 17:05 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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