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14 de Octubre, 2010 · General

Alcibíades Zutano (el nieto de don Fulano)



“Buenos días, dije al momento de atravesar la puerta de acceso y varios me semblantearon así, como ahora me miran ustedes…Con una indisimulada sonrisa y con miraditas cómplices generalizadas. A decir verdad, que yo sepa, el día tiene veinticuatro… si, 24 horas y las mismas aún no han concluido, por más que alguno de quienes solo tengan ojos y oídos para mí, en estos momentos, aleguen que son las cuatro de la tarde, o las dieciséis, de la presente jornada…

  En realidad, no me quiero demorar mucho en esas cuestiones. Solamente guiaron mis pasos hasta esta redacción dos importantísimas circunstancias y motivaciones. Una, es dejar para la consideración de su señor director esta compilación de las verdaderas andanzas de un personaje típico de esta población, como lo es el señor Zutano, Alcibíades, para más datos, y otra, de  menor relevancia, es poder conocer su nombre y tal vez su numeración telefónica… señorita rubia, a quien observo cotidianamente tras de esos rutinarios escritorios”.

  Tras de esos dichos, el extraño personaje abandonó el lugar dejando tras de si un agradable aroma a fina colonia Lancaster genuina, en conjunción con algún tipo de fijador para el cabello muy típico de señores demasiado circunspectos para los días que corren.

  Tanta fue la conmoción creada entre todos los asistentes a semejante e inesperada escena, que ninguno reparó en el grueso sobre de amarillento tono que había sido depositado, como al descuido, por el súbito personaje, en las inmediaciones de la secretaria del director del periódico, sin que ella hubiera acusado impacto alguno por semejantes alabanzas y declaratorias.

  Fue Raúl Viberti el primero en caer en la cuenta del abultado sobre que yacía, como un presente griego, frente al inquietante escote de Graciela Abdenur Cantú, probablemente porque su mirada siempre estaba dedicada a apreciar la accidentada geografía de la joven compañera de tareas.

  Juan Obberti, mucho más expeditivo, se abalanzó sobre el paquete y lo llevó junto a su escritorio, haciendo lugar entre el teclado y el monitor de su Pentium 4, baqueteada y perimida. Allí mismo lo abrió y dejó ver a toda la redacción, un conglomerado de hojas de todos los tamaños, coloridos y estado de conservación que manaban desde el interior de la encomienda. Luego de la revelación, automáticamente todos dejaron de prestar atención a la novedad, ya que suponían que podía tratarse de una tarea extra que no sería bienvenida en el fragor de un cierre periodístico.

  Así, el malogrado sobre y su abundante contenido, continuaron rumbo a la lúgubre oficina del editor, despacho que poseía al don de recordar mazmorras ya sepultadas del viejo hotel de los Inmigrantes, allá en el antiguo Sebastopol bellvillense.

  Luis Olmedo, el editor, si bien se sorprendió por el bulto papel madera, sabía de las artimañas de sus subalternos cada vez que llegaba algún envío con aroma a trabajo. Sin más y en el más absoluto anonimato, se le era depositado entre las tinieblas todo aquello que no fueran masas finas, licores espirituosos, tarjetas de salutación navideña o flores en sus más imaginativas presentaciones.

  Entonces, Olmedo abrió el paquetón y extrajo la papelería contenida. En alguna hoja que oficiaba de encabezado, en tipografía bien notoria, rezaba un grotesco enunciado: “Memorias de mi vida entera” por Alcibíades Zutano.

  A punto de esbozar una sonrisa ante la aparatosidad del título de la supuesta historia de vida, Olmedo comenzó a hojear las primeras páginas, como para dar alguna oportunidad de consideración al esforzado trabajo, en vista de lo abundante de su material.

  Ante la decimocuarta línea, el rostro del experimentado editor periodístico se desdibujó. Su cara perdió la sonrisa y sus ojos se aferraron a la tinta reseca puesta por las raídas letras de alguna Rémington, Olivetti o cualquier catafalco europeo de principios del siglo XX.

  Allí mismo decía, a manera de orgullosa confesión. (…) “Y soy nieto de Don Fulano, a quien siempre le envidié el cariño que le tuvo el pueblo y eso que no quiso ser político…” entre otras expresiones de menor valía, pero vinculadas con ese nombre que a Luis Olmedo le resultó tan familiar.

  “¡Esto quiere decir que ese nombre en realidad era una persona…es decir, no era un personaje imaginario, era un hombre…! ¡Estuve toda mi adolescencia equivocado!...no puede ser…” –como en una letanía el pobre comunicador repetía su revelación, a solas con su edad.

  Cabe aquí la necesaria reflexión. Se ha comenzado a hablar de alguien llamado don Fulano y ese alguien, existió.

  Fue por los albores de los años ’70, más correctamente pasado el ’73. La gran atracción de las familias de la ciudad de Bell Ville y gran parte de su región de influencia, estaba dedicada a los mediodías cuando daba inicio un segmento informativo emitido por la radiodifusora local LV25 Radio Unión, titulado “Diario del Aire segunda edición”, ya que, la primera entrega, se realizaba con la apertura de la transmisión, a la mañana bien temprano.

  Como un apéndice del noticiario, tomaba la palabra el mencionado don Fulano, en diálogo permanente con un amigo suyo, Roberto. Los dos, de personalidades absolutamente disímiles e identificables por la abrumadora audiencia. La que prestaba su tiempo y sus orejas a los inolvidables diálogos que se producían antes de que la patrona de la casa comenzara a lavar los platos.

  El tono de las conversaciones generalmente iba creciendo en decíbeles a medida que Roberto, el partenaire de don Fulano, le preguntaba como se encontraba de ánimo, para consultarlo de inmediato sobre el estado de la obra pública local o por el desempeño de algún funcionario municipal o por el índice de progreso de la ciudad, entre otros aspectos.

  La furia en alza de don Fulano era notoria, trascendía los parlantes y los potenciómetros de cada una de las Spika; las Ranser a cable de plancha; las Philco a lámparas, o las modernas  “Siete mares” de Noblex, todas compradas a plazos en cualquiera de las casas de artículos para el hogar y menaje que existían por esos años en Bell Ville.

  Poco a poco, las expresiones de don Fulano, fueron tomadas cada vez más en serio. La gente ya no reía a la hora de los postres. Los chicos, de aburridos, se levantaban a comer su naranja de ombligo para el lado del patio. Don Fulano -todos coincidieron a partir de algún momento- decía verdades que nadie decía.

  “Hay un caño roto por la esquina del bulevar…hace tres semanas que no para de largar agua… ¿nadie lo va arreglar?” –resoplaba por el micrófono del aire del 1500 de su dial.

  “Todavía hay basura del corso por las calles del centro de Bell Ville… ¡Y eso que estamos en julio!” –se emperraba en señalar el defensor de ‘los sin voz’.

  De pronto, en lo mejor de su esclarecedora palabra, semejante a un alto faro en la vida de relación de cada bellvillense que encendía el aparato y orientaba la antena para el lado del Vivero Municipal, don Fulano calló. Y también calló Roberto, aunque este no disfrutaba de similar notoriedad por el pueblo en rebelión.

  No hubo más nadie que tomara su posta. Pasaron los gobiernos de facto, vinieron los constitucionales, amagaron a volver los de facto, cambiaron los constitucionalistas, pero no hubo más nadie que señalara el norte como don Fulano.

  En su desmedro, intencionados politiqueros, facciosos colaboracionistas de dictadores y alguna que otra mujer despechada, hizo correr la bolilla que don Fulano nunca había existido. Casi todo el pueblo, optó por creer aquello.

“¡Yo también! –reconoce ahora Luis Olmedo, pálido ante la hoja sepia- yo creí que eran mentiras…Me lo dijeron en el reservado de la Copacabana una tarde que estaba con mis compañeros de quinto año y yo les creí…”

  Nada parece consolar al amanuense; de rompe y raja, vio hacerse trizas su prestigiosa adolescencia, la que lo llevó a seguir el sabio rumbo de las letras, para caer en la cuenta que había vivido de engaño en engaño, creyendo ahora que él se comenzaba a parecer a una fantasía elucubrada por algún espíritu malicioso.

  Ante su desconsuelo, solo le quedaba un camino para recuperar su dignidad. Abalanzarse sobre la historia que tenía ante sus ojos y hacerla verdad para todos los que alguna vez descreyeron de la realidad de la fantasía, como le pasó a el mismo.

  Eso lo calmó. Encendió una sola, de las lámparas de pie existentes en su tugurio y se entregó ansioso y febril a su nuevo cometido. Comenzó por escribir: “Hoy me vino a visitar Alcibíades Zutano, el nieto de Don Fulano y…”

 

 

 

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