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14 de Octubre, 2010 · General

El fatal destino de La Catalana


XVII

De extraños episodios, está vastamente poblada la historia bellvillense. Desde sus comienzos como comarca pujante, a sus horas más actuales, donde el asombro es una emoción ilimitada.

  Esto pensaba mientras afrontaba la tercera cuadra de la calle Rivadavia, recordando nostálgico la altura inusitada de la orgullosa chimenea del molino harinero, atestada de ladrillos que procuraban el cielo, casi una utópica Babel de tierra adentro.

  Mi rumbo era predestinado. Necesitaba constituirme en la histórica esquina de Sáenz Peña y Córdoba, encrucijada génesis de la población, a metros de donde el sargento de Lara enclavó su solar y luego se dispuso a contemplar el río bravo, mientras dibujaba en el aire americano, su oratorio tan ansiado.

  Necesitaba escuchar el latido de esa esquina.

  Por ese sitio catastral, muchos años después -pero bastantes almanaques antes que ahora- supo andar paseando el multinacional Carlos Gardel, de sombrero, alimentando en énfasis el enojado trino que aun resuena en los oídos de un auditorio que nunca escuchó, ni conoció, semejante puteada.

  Allí mismo, don Agustín, había sabido anoticiarme que había ocurrido uno de los más fieros lances políticos de antaño. Cosas de las pasiones antiguas, de las hombrías entonces entendidas y del económico costo de la pólvora y los pistolones.

  Sucedió –según la atenta memoria y la ilustrada prosa del ingeniero- que se avecinaban las elecciones de diciembre de 1891 y la de febrero de 1892. La primera para elegir gobernador de Córdoba y la  segunda para la Presidencia. El comité radical del departamento había salido a la opinión pública, mediante un duro comunicado, a disuadir a sus correligionarios de participar de la elección local, ya que habían advertido que “el fraude y la violencia están de nuevo entronizados por el oficialismo”. Según las investigaciones radicales, los autonomistas habían fraguado los padrones, acción que, de por sí, convertiría en nulo todo el proceso posterior.

  Los ánimos, entonces, alcanzaron temperatura de hervor.

  En ese ambiente, llegó el sábado anterior a la elección provincial. El jefe político Crispín Carballo, había recibido precisas instrucciones secretas de su superioridad y estaba dispuesto a hacerlas cumplir. Así se lo comunicó a su subalterno, el comisario Wenceslao Argañaráz.

  En la esquina que viene a ser eje del relato, existía un café de moda de significativo nombre, “La Catalana”, atendido por una dama de origen español y de bien visibles atributos. La comidilla de la época, aseguraba que en ese comercio tenía precisos intereses el jefe político Carballo. Sobre las mesas se distribuía lo más granado de la élite de ese entonces. Se debatía, se compartía y se reía.

  Por las nueve de la mañana –aseguraba don Agustín- se apersonó el comisario Argañaráz, secundado por cinco vigilantes, la tropa total del destacamento, con manifiestas intenciones de entrevistarse con su jefe.

  “Vengo a aclarar las órdenes que para mañana me ha impartido…” dijo el uniformado ante la presencia del superior y todo el mundo, en forma unánime, presintió la tragedia.

  Transformados en pétreos testigos integrantes de la mampostería del lugar, los comensales jaranosos observaron, con el aliento interrumpido, como las armas relucieron en la tórrida mañanita bellvillense.

  Los disparos ocurrieron al unísono a una infalible distancia de tres metros. Así fue.

  En el primer impacto, el policía le arrebató el arma de la mano al funcionario, hiriéndolo de rebote en el antebrazo. Desarmado, Carballo, se parapetó detrás de unas mesas de billar mientras, un enfurecido y ofendido Argañaráz, le descerrajaba un nuevo tiro, sin acertar en su cometido.

  Los cinco policías testimoniales, visualizaron la fugaz y violenta escena, desde la vereda adyacente al recomendable bar de la mujer peninsular.

  Hacia ellos se dirigió el maltrecho jefe político ordenándoles la inmediata detención del insurrecto. Antes, llegó la gallarda decisión del comisario. “Deténganme. Yo les ordeno que me pongan en prisión por lo que acabo de cometer”. Y así fue.

  Aparentemente, las directivas que el jefe Carballo había recibido desde la superioridad política cordobesa, era que se ejerciera toda la presión posible en los comicios para favorecer al oficialismo. Argañaráz, convencido radical, puso en juego su destino ante tal injusta orden y procedió y pagó en consecuencia.

  El episodio, pronto se calmó. El agresor fue liberado y trasladado a un punto lejano de la provincia, para poder continuar prestando sus servicios como policía.

  No fue el único incidente con disparos en esos tiempos tan convulsionados. Tampoco el concurrido bar “La Catalana”, atestiguó aquel único desencuentro apasionado. No.

  Dos apreciable vecinos de Bell Ville, Higinio Blanco y Severo Bayona, también han de trascender a la historia del lugar, por cuestiones de armamentos.

  Blanco, en ese tiempo esmerado contador de la sucursal local del Banco del Provincia de Córdoba, al cruzar desde el interior del bar “La Catalana”, vio que su amigo Manuel Dávila discutía acaloradamente con Bayona. Este, en ese preciso instante, le arrojaba a su oponente un aparatoso puñetazo.

  Lamentablemente para el relato, y para Blanco, éste era muy disminuido auditivamente. Sin aguardar otra imagen para la escena, corrió de inmediato hacia los contendores. Bayona lo vio venir y no se dispuso a averiguar su real intencionalidad. Sacó su revolver de inmediato y apuntó hacia la carrera irracional del bancario.

  Blanco, sin detenerse, fue extrayendo el suyo y el encontronazo fue terrible.

  Ambos, sin dudarlo y sin atender llamado alguno del raciocinio, hicieron fuego repetidamente y en simultáneo. La esquina fue ganando en estupor. La ciudad vio despedazarse su parsimonia de pueblo sin urgencias.

  Los dos cayeron. Los dos malamente heridos. Uno murió en ese mismo acto, Higinio Blanco.

  Bayona, lo sobrevivió apenas tres o cuatro días.

  Desafortunadamente, el trágico suceso se esclareció meses más tarde. Se había tratado de un terrible malentendido, fruto, posiblemente, de la inmediatez de ese café de significativo nombre y de inquietante propietaria, “La Catalana”.   

 

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