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Quisto Ladio blog
El blog de Pico para compartir con el mundo
14 de Octubre, 2010 · General

Puñaladas en las sombras


XVIII                                     Apenas miré hacia el cielo, el panorama se me presentó poco menos que adverso ante tanta imagen grisácea y desapacible. Como mi talante había estado en los últimos días bastante convulsionado, decidí emparentarme con el medio ambiente y algunas de sus manifestaciones. No lo dudé más, me arropé y salí.

  La calle se me presentó helada, las miradas se me antojaron torvas y los gestos remedaban saludos de compromiso en cada esquina. Todos estábamos aparentemente signados por lo meteorológico. El clima propicio para una época del año adecuada, pero, a todos, eso parecía molestarnos o, peor aun, parecía desnudar nuestra más helada personalidad, ya que viene al caso.

  Dirigí mi congelada campera de algún pariente del polipropileno hacia la vieja calle Buenos Aires, al decir de mi viejo amigo don Agustín, antes de que me fuera arrancado de aquellos encuentros fugaces por el lado del río…Ahora que lo pienso… ¿por qué mis conversaciones con el prócer local, siempre tenían recurrente escena en inmediaciones del cauce del río Ctalamochita…? Vaya uno a saberlo, ahora que ya no volvía, a estos días, para contar su calificada versión de la historia de este pueblo de las múltiples denominaciones.

  Volviendo de mis habituales cavilaciones, las que tienen la pésima costumbre de producírseme durante mis ocasionales caminatas; noto que estoy a  poco más de una cuadra de avenida España, cuyo trazado –según mi memorioso amigo aparecido y desaparecido- no en pocos casos, sirvió de inconsulto cauce al viejo río Tercero, cuando a este se le ocurría inflamarse y darle un susto bárbaro a los antiguos habitantes de estas tierras, solo por el gusto de gastarles una broma de río… al fin y al cabo, un río cordobés.

  Llego hasta el 550 de la Pío Angulo –la ex Buenos Aires de don Agustín- y comienzo a aminorar mi apresurada marcha. Paso por el 560 y ya casi no camino, repto…

  Cuando distingo el 570, me detengo abruptamente y procuro obtener el auxilio catastral de algún vecino entrado en años, entendiendo que, son los de mayor permanencia en los alrededores. No encuentro a nadie asomado, justo a esta hora.

  Busco el 580… ¿Por qué? –se me interrogará. Por una sencilla razón, allí había ocurrido otro suceso de singulares características, como me tenía acostumbrado a relatar el cronista de los viejos tiempos. Por cierto que los ribetes, por mí preferidos, eran los que tenían vinculaciones con las cuestiones del honor, de las pasiones, de los enfrentamientos a matar o morir. Algo impensado, afortunadamente, por estos otoños implacables, pero aptos para prestar orejas amoratadas por el frío.

  ¡Allí está! ¡Lo encontré…! encontré el número 581 y ahora, solo debo comparar la distancia que existe entre éste y el 589… ¡Ahí está!!!

  Sucedió –por fin me decido a compartirlo, para concluir con el misterio- que luego de esas turbulentas elecciones comunales que siempre dejaban más de un ánimo caldeado y más de un encono mal resuelto, que se reavivaba insistentemente, y, conforme alguna otra instancia electoral se avecinaba. En estos casos, el que perdía en una, juraba venganza impiadosa para la próxima, como en una macabra rueda reciclada.

  En el predio que ocupaba la mencionada numeración, tenía su solar (de confortables y amplias características) la familia de Melquisedec Bravo, hombre de singular nombre y de refinadas costumbre sociales, cuyos salones habían sabido albergar lo más granado de Bell Ville, en otros momentos más líricos.

  Frecuentemente, Nazario Casas, relevante figura social, política e histórica de la población, cuya familia se encuentra entre las pioneras en los registros aun sobrevivientes en museos nacionales; se distraía departiendo amablemente en compañía de los Bravo, costumbre que todos consideraban casi un amable hábito del personaje de marras.

  Nada de esto sería extraordinario, ni tampoco revestiría mayor relevancia para ser comunicado, si no fuera que, el clan Casas, con su cabeza visible, Nazario, era furioso adversario político de los Juárez, con la presencia impetuosa del jefe político Marcos y la influencia indudable de su hermano Miguel Juárez Celman, gobernador provincial , a la postre presidente de la Nación.

  Por cierto que los Juárez eran mucho más que dos. Estaban respaldados monolíticamente por un grupo familiar de no menos prestigio y pronunciada categoría como lo eran los Vivanco –ya con su apellido modificado en la segunda consonante.

  A decir verdad, las aguas no habían quedado quietas, ya habiendo pasado algún tiempo de la última compulsa electoral. Eran radicales contra “lomos negros” y eso no era tan fácil de dispensar. Las acusaciones de fraude, de corrupciones y de compra de voluntades, aún resonaban en los oídos de los Vivanco y los juaristas.

  Nazario Casas disfrutaba de la canícula nocturna recostado en un sillón hamaca dispuesto sobre la vereda de la Buenos Aires antigua.

  Sus amigos, Bravo, se desvivían por atenderlo. Casas era amable y afecto de retribuir los gestos amistosos. Otras damas presentes revoloteaban en su entorno, sin hacer caso de que el alumbrado público no era el más adecuado.

  De pronto, una figura, casi una sombra, se vio circular por la vereda en una actitud que a todos llamó poderosamente la atención, por su sigilo. Después, pasó una vez más, pero ahora por el medio de la calle.

 A la tercera, sucedió lo imaginable. Mientras Casas sonreía a la mejor de las muchachas, ofreció generosamente la espalda de su hamaca al paso del ignoto transeúnte. De pronto, un alarido desencajado rompió la noche veraniega y las mieles que en el aire se exudaban. ¡Guarda Casas! –grito infrahumana doña Santos, esposa de Melquisedec Bravo. Y Casas, mecánicamente se contrajo en una contorsión sobre la hamaca, dejando libre justo el flanco por donde ingresó irreverente, la espejada hoja de una daga.

  Todo fue grito y confusión. El asesino no logró perjudicar mortalmente a su objetivo. La atinada alarma de la dama, provocó que Casas se cubriera por su pecho, adonde iba dirigida implacable la puñalada del anónimo atacante.

   De todos modos, tal el mandoble, el acero se hundió profundo en el antebrazo de la víctima y el agresor no pudo retirarlo de las carnes desgarradas.

  Con el mismo envión con que su cuerpo evitó la muerte, Casas desenfundó su pronto pistolón con la otra mano y apagó dos disparos en  las sombras. Ya nada había allí a que atinarle. La sombra se confundió con otras sombras.

  Pero Nazario Casas no murió allí. Él no murió en ese veranito, pero el mensaje fue perfectamente comprendido por el herido y su pléyade de la calle Buenos Aires, desde el 581 al 589.

  Ese atentado nunca se investigó. Alguno bien encaminado supo decir que, la mano ejecutora, era la de un hombre bueno, aturdido “con los filtros de la exaltación política partidaria” -al decir de don Agustín.

  Por consejo de sus amigos, el hombre debió partir. Poco tiempo después, se radicó en Villa Nueva, donde fue nombrado jefe político y acabó con el cuatrerismo ordenado por personas de significación que, además, tenían amparo en lujosas oficinas gubernamentales.

  Según la prensa de época, camino a estos 200 años que en estos días conmemora, supo difundir la proeza de don Casas, desbaratando los propósitos de una banda completa al resguardo de unos montecitos de la zona, poniendo en fuga a  los malvivientes y enlazando al propio jefe de la gavilla, arrastrándolo con su caballo para depositarlo tras las frías rejas de una comisaría del poblado.

  Otros temples, nombres conocidos y los mismos sitios, sobre cuyos muros se ha descripto, se ha pintado y se ha labrado el rostro irrepetible e insoslayable de un afecto: Bell Ville.   

 

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publicado por pico a las 17:28 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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