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Quisto Ladio blog
El blog de Pico para compartir con el mundo
06 de Abril, 2010 · General

Un Quisto Ladio en Frayle Muerto


IX

Sarmiento, los ingleses y los trenes

 

Leo, mientras trato de retener. El 18 de noviembre 1868, llegó a estos parajes por primera vez un tren de pasajeros. La estación de Frayle Muerto, de inmediato, se convirtió en activa terminal ferrocarrilera, ante la cual coincidían tropas de carretas y diligencias de mensajerías del norte y oeste del territorio. El ramal, uno de los tres únicos existentes en ese momento, completaría, dos años más tarde, el tramo Rosario-Córdoba, por lo cual, gran parte del movimiento económico nacional era dirigido a esta estación para ser posteriormente conducido por vía marítima, desde Rosario a Buenos Aires.

  Era esa majestuosa obra legada por los ingleses y bañada por el sudor de obreros traídos desde la Cochinchina (hoy Vietnam) y la India. Extrañas culturas que nunca pudieron asimilarse a las criollas o europeas inmigrantes.

  Por mucho que me esfuerzo, no logro interpretar la dimensión del efecto que causaba en el país la institución de Frayle Muerto como cabeza de ramal de tan importante adelanto tecnológico. Por el curso de 20 meses, el nombre de la población era difundido por la prensa nacional como “región muy adelantada y de gran porvenir por la fertilidad de sus tierras”. Se llegó, en esos días, a proponérsela en el Congreso nacional como capital del Estado. ¡A la flauta!

  ……………………………….

  Abandono pensativo los viejos apuntes de la historia de estos lugares, esa historia que a través de varios siglos se empeñara en caracterizar y engrandecer a esta población, pero que, seguramente, por obra y gracia de sus sucesivos habitantes, evitara sencilla, modesta y extremadamente humilde, abordar tal destino de liderazgo y protagonismo, para descansar en las apacibles quietudes que ofrece una vida sin heroicos desafíos, ni altisonantes metas. Contrariado, tomo un abrigo y busco la calle.

  Aun presa de las comparaciones temporales, ni siquiera tomo precauciones para mi tránsito callejero, por lo que, los remiseros, deben hacer gala de su pericia al volante, para poder esquivar mi imprudente distracción. Recién me detengo sobre la mitad de la pasarela Candiotti, donde se me ofrece inevitable, la recurrente metáfora del río y el tiempo. Desde el costado que mira hacia las escuelas de artes, la nítida figura de don Agustín se hace presente como de la nada misma.

  -¿Cómo dice que le va joven…?

  -A veces me va bien y otras, me va mal…Es natural, ¿no? –respondo irreverente.

  -Bueno, veo que está disgustado…Si quiere, vuelvo otro día…

  -Quédese…Quédese y cuente, por favor…

  -Bien…Me gusta este lugar…Este río y estos árboles…además se puede escuchar música en el aire…

  -Ajá…

  -¿Usted no estaba leyendo sobre la llegada del tren a Bell Ville?

  -Si… ¿Pero…cómo lo sabe?

  -Y…también se enfadó con el destino de su pueblo, ¿no?

  -No es para menos…

  -Usted solito se va a dar cuenta de por qué sé tanto de sus cosas…

  -Quiere confundirme, ¿verdad?

  -No…mejor le cuento para completarle su lectura…

  La brisa buscaba enfriarse, el sol planeaba su retirada cotidiana y la arboleda conseguía los tonos del azul y el negro. Don Agustín arrancó para el lado de la estación de trenes, pero solamente con el comentario, afortunadamente.

  “El 17 de enero de 1870, llegó a la estación de Frayle Muerto el tren que conducía el coche oficial con el presidente Domingo Faustino Sarmiento a bordo. El cometido formal era la inauguración del nuevo puente de hierro sobre el río Tercero, que vinculaba la villa de San Jerónimo, con la colonia inglesa establecida en la margen opuesta. En el andén lo aguardaba el gobernador Felipe de la Peña, con su ministerio; los colonos ingleses, las autoridades del pueblo y habitantes del departamento. Sobre los techos flameaban amistosas las banderas argentina e inglesa, algo tan del gusto de Sarmiento.

  Acto seguido, luego de ser desenganchado el vagón principal -despacho de recepción y aposento exclusivo del mandatario- el resto de la formación férrea siguió viaje hacia Córdoba, de donde regresaría para unírsele nuevamente, dos jornadas más tarde.

  Sarmiento, pronto cautivó con sus dotes de estadista, diplomático, hombre de mundo y provinciano, todo esto al unísono, ante la multitud conmocionada por tan ilustre visita.

  Habló a los funcionarios en su estilo, habló a los ingleses en su lengua, habló a los campesinos en su jerga y recibió flores, como bienvenida, de manos de una deslumbrante joven del lugar, incorporándola inmediatamente a su nutrida agenda, abierta generosamente para las agraciadas damas de la sociedad local.

  En segunda instancia, la comitiva tomó rumbo hacia el flamante puente a través de las terrosas calles calcinantes, en razón de la canícula imperante en esas fechas. Ya en el sitio ornamentado a satisfacción, el presidente exageró, proselitista “este puente por donde pasarán constantemente el progreso de San Jerónimo en su intercambio con la provincia, la República y el mundo, que ha de labrar su grandeza en un futuro no muy lejano” 

  Mientras el protocolo indicaba, inapelable, la incesante catarata de compromisos; Sarmiento los cumplimentaba estoicamente dejándose lisonjear y admirar, a gusto de los anfitriones. Así  recorrió la población mientras “la banda tocaba bajo las sombras de las casuarinas que formaban un circulo central en  la plaza 25 de Mayo”.

  Por la noche, la nutrida colonia inglesa compuesta por aproximadamente 400 personas, agasajó al sanjuanino, en el salón principal de la estación de trenes, donde todo lo que se podía ver y apreciar, era de puro corte británico. Los comensales, de rigurosa etiqueta, no escatimaron champagne para honrar a la personalidad invitada, consignando a Santiago Matterson para ofrecer las glosas de bienvenida. La respuesta de Sarmiento no se hizo esperar expresando su beneplácito y agradecimiento, en el más irreprochable inglés que se pudiera escuchar de un argentino. Advirtiendo que alguna autoridad que otra, allí presente, era de nacionalidad local, les dedicó finalmente su discurso en su lengua materna.

  Se sabe que, a las 2, ya del día siguiente, atendiendo a su nutrida agenda, el presidente se trasladó a su coche dormitorio. Su estadía en Frayle Muerto, debía continuar en la mañana cercana.

 De más está decir que los sucesivos compromisos pendientes fueron atravesados por el primer mandatario, con la más alta dosis de carisma, regalado ante todo aquel pionero que acertase a estrechar su diestra. Así, suprimió toda etiqueta, hizo gala de un inacabable buen humor y se sometió a toda prueba y circunstancia con el mejor modo criollo de conducirse.

  Realmente, aquel hombre, famoso por su irascibilidad, su mal genio e impaciencia, se sentía a gusto en este sitio. Sus vaticinios de grandeza, más tendrían que ver con una sincera expresión de deseos. Al ver tanta predisposición, tanto potencial y tanto lustre, él, debía pensar que su idea de país estaba tomando forma, se corporizaba y casi podía palparla, aquí, en Fraile Muerto.

  Solo restaba un último acto de justicia en esa cálida aldea de tan buenos modales y de damas tan agraciadas. Tan apto entorno no podía estar signado bajo una denominación tan oscura, tan lúgubre y penosa. ¡Había que cambiarle el nombre a esta promisoria población!

  Momentos antes de partir, con serias promesas de un retorno próximo, nuevamente Sarmiento había logrado reunir a toda la población, en torno a la estación de ferrocarril. Esta vez para su emotiva despedida.

  Alguien de su comitiva consultó el origen del nombre de esa estación, lo que fue hábilmente aprovechado por el presidente para depositar su impronta. Requirió algo de tiza negra, ante lo que fue complacido mudándolo por un buen trozo de carbón, combustible apropiado de las pesadas locomotoras de la época.

  Aparatosamente, ante el cartel exhibido en las tapias laterales de la construcción inglesa, el padre del aula, consultó a viva voz, “¿quién de ustedes fue el primero que se estableció con su casa en la colonia? Allí, en torno suyo, estaban Enrique Richardson, Francisco Godrich, Mister Sword, José Halle, Adams Moffot, Juan y Miguel Roskell, los hermanos Kennygh, Tomás Poll, Tomás Poudier, Diego Mc Crick, Juan y Enrique Hoild, Guillermo Shakeaspeare, Enrique Lapage, los hermanos Bottanley, Jorge Fisher, las tres hermanas Bagley, Alejandro Melrose, los hermanos Gruber, Adolfo Scuare, Federico Guilpen, Guillermo Renny, Alfredo Duppa, Arturo Matterson, Arturo Bouner, Rodolfo Wattesville, Guillermo Hothan, Roberto Hoppe, Santiago Matterson, Eduardo Stocks, Roberto Barclay, Ricardo Lapage, José Nasch, Lloyd Filipid y Juan, Antonio y Roberto Bell, entre otros llegados desde la Gran Bretaña.

  Desde el unísono anglicano, un breve apellido fue coincidente: ¡los Bell…!

  ¡Será la ciudad de los Bell, entonces…! -bramó espontáneo el carismático presidente.

  En el mejor trazo caligráfico, atributo de los que alguna vez estuvieron frente a una clase, Domingo Faustino, bautizó a la robusta tapia del costado de la estación ferrocarrilera con el nombre de Bell Ville.

  Y después, se fue.

  Para el gobierno del pobre cura Rubén Márquez, legó Sarmiento la insalubre situación de tener que implorar al superior Gobierno provincial, que unificara en uno, a los tres nombres oficiales de que disponía para la correspondencia y papeles oficiales, la promisoria población. Fraile Muerto, tal lo impreso en boletos y papelería del Ferrocarril Central Argentino, a cargo de los ingleses. San Jerónimo para la Corporación Municipal, la que se rehusaba a “extranjerizar una villa tan nacional, cuyos orígenes datan de 1630”. Por su parte, el Gobierno central, acostumbraba llamar Bell Ville a la acogedora residencia de tanto inglés.

  El pleito fue zanjado en marzo de 1872, bastantes años después de la repentina idea de Sarmiento…

  -Pero, ¿usted estaba presente, ya en esos años…? 

  -La verdad...no me acuerdo, si lo viví o lo leí… ¿Usted nunca leyó esta historia?

  -Yo… ahora estoy confundido, no sé si lo leí en otra parte o…

  - No se preocupe, el hecho sucedió…Sarmiento estuvo en Bell Ville, quédese tranquilo.

  -Eso es cierto. Como será, que todavía parece que lo vemos, enérgico, en la misma estación…pero ya nadie lo va a ovacionar como antes…

    

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